PARECÍAME QUE HACÍA ALGO PECAMINOSO

El Padre Benito 

Yo tenía la taza número 22. El escultor Eiroa tenía la taza número 23. Bebíamos ribeiro tinto casi siempre. Por veces traían una barrica de treixadura y entonces nos entregábamos a aquel blanco ilustre. Siempre que recuerdo aquella tasca de la Raíña compostelana — ¡oh pálida y señora Reina del tiempo pasado que le diste tu nombre!— veo a Eiroa con su taza en la mano. (Eiroa, escultor, era como un Renoir, un Renoir más profundo y de una nobleza incomparable. Desde maestre Mateo alabado nadie le dio más belleza a la piedra gallega que él:parecía como si conociera las venas más oscuras y eternas de la piedra y las hacía aflorar, las domeñaba y aclaraba con una enorme e insoslayable sencillez).

    Las primeras veces que yo entré en el Padre Benito parecíame que hacía algo pecaminoso. Allí se estaba en la pared, pintado y pintiparado, un franciscano a lo Falstaff, arrodillado ante un bocoy, y de su boca brotaban unos versos que no valían la gota del vino que alababan:

  O que quira beber viño,
    branco e tinto do ribeiro,
    que vena ao Padre Benito
         que o tén do verdadeiro. (sic)

    Yo propuse unos latines, que no fueron aceptados. Tuve que contentarme con sentarme en una banqueta a comer un bocadillo de sardina en escabeche. El poeta Carballo Calero andaba de soldado de cuota, con un sombrero de ala ancha, semicolonial, que era entonces tocado de reglamento militar. Villafínez solía explicar cómo Velázquez pintaba el aire. Por allí iba un cura que las pescaba lloronas. José María Castroviejo entraba y salía de la cárcel, por mor del anarco-tradicionalismo que profesaba, cada lunes y cada martes; hacía versos al mar de Balea y cuidaba un bigote a lo Maurice Barres. Se ondulaba la espesa cabellera con aguardiente del país.

    Prefería yo del Padre Benito las últimas horas, salir por la Raíña a Fonseca, subir las Platerías y adentrarme en la inmensa, solitaria y silenciosa Quintana, y ya en ella, al pie del muro de San Payo —sólo otro hay en el mundo tan alto, duro, misericorde y lejano, y está en Siena la fría—, charlar, decir los versos que uno tenía aquellos días en el corazón, soñar, callar. No olvidaré nunca las horas allí pasadas.

    Ya he dicho otras veces que allí donde los ribeiros resuelven sus más íntimas cales, más se anchean y más graves se ponen, es en las tabernas compostelanas. El ribeiro, blanco o tinto, es un vino comunicativo y alentador. No es tan luminoso como el albariño ni tan vivaz como el agulla del Condado; es un vino more philosophico, para una filosofía humana, peripatética y sentimental. En Compostela, en aquella plenitud que es la definición compostelana, el ribeiro es el quinto elemento de un cosmos cuya piedra clave se llama el milagro.

    Si me siento en la banqueta de pino, en la breve trastienda del Padre Benito, entre los barriles de blanco y tinto, con la taza 22 en la mano, vuelvo a los mejores años de mi fantasía. Hago rodar en la taza el vino para que la pinte y eche ojos brilladores. Le cuento al cura de las lloronas la historia de la enferma de Gonzar. No creía que la enferma hubiese volado por la habitación y menos delante del párroco. Rey Alvite explicaba por qué eran azules los pórticos de la Gloria que pintaba Villafínez. Eiroa se reía con risa franca, infantil... La blanca taza está en mi memoria, con las graciosas curvas negras de sus dos doses.

Álvaro Cunqueiro

Finisterre, nº 26. Marzo de 1946.

Pinturas de Lino Villafínez

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